viernes, 3 de octubre de 2008

Agua que ahoga sueños



Villahermosa vive su segunda inundación en tan poco tiempo y su gente cada vez tiene menos esperanzas de un mañana mejor

Zito Cuevas Sosa

La mirada triste, desencajada. El rostro desvanecido, los sueños casi ahogados y el insistente dolor del alma tras mirar a sus espaldas la desesperación de la gente, que bajo el agua, cierne sus esperanzas de un mañana mejor, sin ríos desbordados, sin lluvias torrenciales, es como se encuentra la pequeña Samantha, niña de sólo 9 años y que con esta ya vive su segunda inundación en su corta vida.
La chiquilla, que apenas hace algunos días esperaba con ansias la llegada de un nuevo día para salir a jugar, a divertirse en las calles de la colonia Gaviotas, con sus pequeñas amigas, invirtiendo su tiempo en sueños, en magia, ha terminado por reducirse a un reducido espacio en un albergue de la ciudad, donde la noche se apodera por completo del entorno, oscureciéndolo todo.
Muy temprano de un día cualquiera, los padres de Samantha escucharon por las noticias la probabilidad de inundarse de nuevo. Preocupados, temerosos de repetir la amarga experiencia pasada, comenzaron a levantar sus pocas pertenencias. La pequeña, que apenas dormía, despertó de súbito al escuchar las diferentes voces que denotaban alarma. Sus padres le pedían guardar sus cosas en una mochila, porque tendrían que salir esa misma tarde.
Apenas comprendí lo que estaba sucediendo. La tarde era nublada y algunas gotas comenzaron a caer sobre la ciudad de Villahermosa. El agua arreciaba y sólo el ruido de algunos motores rugían sobre el malecón, a la par del peregrinar de personas que huían de las aguas. Lo presentían, estaban seguros que después de esto nada volvería a ser igual, y es que apenas algunos meses atrás salían de una desgracia.
Del brazo de sus padres caminaba Samantha, cargando una mochila y a la pequeña muñeca de trapo que recibió como regalo en Navidad y que ahora era su fiel compañera en esta nueva aventura que estaban a punto de iniciar en un albergue de los tantos que hay para el resguardo de aquellos que el agua los ha dejado sin nada, ni siquiera la esperanza.
El dolor de ver reducido el patrimonio a nada no es mayor que el cansancio de luchar horas contra la corriente, esa misma que además de muebles, animales y autos, se lleva los sueños encapsulados en gotas de llanto, ese que derraman los tabasqueños y que se ha hecho una constante año con año.
Samantha, como muchas otras niñas, podrían pasar la Navidad en un albergue, en medio de la nada y a la espera de una cena digna, de un obsequio y del calor familiar, a pesar de que la vida de ensañe en que aprendan una lección que nunca pidieron comprender y que las aleja de la realidad, que se convierte en una pesadilla de la que pocos pueden despertar.